El escritor Elías Canetti, Premio Nobel de Literatura en 1981, hijo de judíos sefaradíes, nació en Bulgaria, se nacionalizó inglés y suizo, y viajó por el mundo tras su identidad literaria.La canción de los Beatles dice: “Es un verdadero hombre de ningún lado/ sentado en su tierra de ningún lado/ haciendo todos sus planes de ningún lado para nadie”. Sería una exageración decir que el escritor Elías Canetti, quien recibió el premio Nobel de Literatura en 1981, cuadra de manera perfecta con la canción de los de Liverpool. Pero sí es cierto que la figura de Canetti tiene un derrotero particular, que viene desde varias generaciones antes de su llegada al mundo y que lo condicionan en su vida y en lo que escribió.Según su biógrafo John Bayley, la familia de Canetti provenía de España, concretamente de un pequeño pueblo de aires moriscos de la provincia de Cuenca llamado Cañete. Eran judíos sefaradíes que debieron alterar su espacio y su mundo al huir con la expulsión que se produjo en 1492, el mismo año en que la expedición de Cristóbal Colón ampliaba otros mundos.El apellido que tomó la familia era justamente el del pueblo, Cañete. Al trasladarse a Turquía, cambió la forma en Canetti. Don Elías llegó al mundo en 1905 en la ciudad búlgara de Ruse, a orillas del Danubio, ese río que recorta a Europa de diversas formas en el mapa. Su padre era un próspero comerciante. Cuando el niño todavía era pequeño, la familia se trasladó a Manchester, Inglaterra, centro de la vida industrial de la isla que dominaba al globo entonces.Cuando sorpresivamente murió el padre en 1912, la madre se trasladó con sus hijos a Suiza y luego a Austria. En esa etapa formativa de la personalidad, el niño que era Canetti recibió palabras y educación en diferentes idiomas y comenzó a conformar una personalidad compleja y multicultural. Sabía hablar ladino o judezmo –o sea el idioma de la comunidad sefaradí (su madre también lo era)-, también búlgaro, francés, inglés y alemán.El sefaradí, básicamente el judío que debió huir de España, país donde vivió en relativa armonía religiosa durante siglos con árabes y cristianos, tiene una doble añoranza melancólica. Por un lado, la tierra de Israel, de donde surgió, pero a la vez su tierra española, de donde fue expulsado.Con todo este bagaje de siglos, Canetti acometió la tarea, a finales de la década de 1960, de viajar a un sitio que a priori no tiene nada que ver con su historia pero que prono se vuelve comprensible: la ciudad marroquí de Marrakesh. Además de ser en ese momento un destino turístico adonde peregrinaba la comunidad hippie y otras estrellas del espectáculo con fines místicos. Canetti acude a esa ciudad para buscar rastros de la comunidad sefaradí que en algún momento de la Edad Media vivió allí. Y, como buen escritor, utilizó la palabra para contar esa experiencia, que volcó en un libro llamado “Las voces de Marrakesh” (editado en español por la editorial Pre-Textos).En sus páginas, Canetti describe la ciudad y sus características. Si bien de alguna forma su visión es la de un turista, existen suficientes elementos emotivos para que el que escribe busque otro tipo de contacto con una ciudad que en muchos puntos le es ajena y en otros se acerca a algo parecido a un hogar.Una persona que vive en muchos países y se tiñe de diversas influencias corre el riesgo de desdibujarse en un entramado laberinto de signos superpuestos. A Canetti le pasó algo de esto. En muchos sentidos, fue el hombre de ningún lado. O, quizá, el hombre de muchos lados. Su talento con la escritura lo redime siempre, en una u otra alternativa. Canetti encontró una nueva forma de identidad en la palabra, cuyo pasaporte dentro de las páginas no necesita el sello de migraciones.
Hombre de ningún lado o de muchos
23/Ene/2014
El Observador, por Valentín Trujillo